La Dama Indignada

La Dama Indignada

martes, 10 de diciembre de 2013

Autor: Jackson Pollock, Título de la Obra: Postes azules.

Jackson Pollock (1912-1956), es uno de los grandes maestros del Arte del siglo XX, con sus cuadros hechizó y levantó revuelo durante la década de los cuarenta. Pintor abstracto.

La infancia de Jackson Pollock  se vio perturbada por las continuas mudanzas de la familia en busca de trabajo, y su juventud pasó en pos de una vocación artística cada vez más frustrante. Dominado por la inseguridad, su estado de ánimo oscilaba entre la búsqueda de notoriedad, el abuso del alcohol y la desesperación.
En este trabajo se aprecia perfectamente su “violenta” técnica, la llamada “Action painting” aplicaba la pintura goteándola sobre el lienzo con movimientos rápidos y dramáticos. Echaba pintura y la esparcía con palos o espátulas sobre un lienzo sin tensar, clavado a la pared o al suelo, lo que le permitía moverse alrededor con rapidez y ritmo, como en danza. Con sus espectaculares cuadros puso el expresionismo abstracto a la altura de las vanguardias europeas.
Las obras de Pollock no están hechas al azar, una vez expresó: “Quiero expresar mis sentimientos, no ilustrarlos…. Y soy capaz de controlar el flujo de pintura, no hay accidentes, lo mismo que no hay ni principio ni fin”.
La Action Painting americana no representa ni expresa ninguna realidad, ni subjetiva ni objetiva, sino que descarga una tensión que se ha acumulado en el artista. Dicho brevemente, el arte americano es la expresión del malestar en una sociedad del bienestar. No hay una clave de lectura ni un único mensaje a descifrar en la pintura de Pollock; nada de la experiencia de la pintura se puede transferir y utilizar en el orden social. Con Pollock nació, en el arte americano, lo que se denominó la "beat generation", la generación quemada (Jack Kerouac, Allen Ginsberg, William Burroughs, Hubert Selby, Lawrence Ferlinghetti, Gregory Corso).
Una desconcertante anécdota está detrás de éste cuadro: “Postes azules”:
Una noche de primavera de 1952, su amigo Tony Smith, que vivía a cientos de kilómetros de Nueva York, donde Pollock residía, recibió una llamada telefónica de éste que en seguida adquirió tintes truculentos:
–Me voy a suicidar –anunció el pintor a su amigo.
–Aguanta, voy para allá –le contestó éste, que acto seguido, y en plena noche, empezó a recorrer en coche la distancia hasta Nueva York. Después de cinco horas, y tras entrar en la casa de Pollock, observó que éste estaba borracho, algo habitual, colérico, nada extraño, pero blandiendo un gran cuchillo y con una persistencia especial en su anormal comportamiento. El cuchillo lo agitaba alternativamente contra su mujer, Lee Krasner, acurrucada detrás de la cama y muerta de miedo, y contra sí mismo, y maldecía al mundo a gritos. Llevaba siete horas en esa actitud.
Smith, poco a poco, se fue acercando a él. Sabía que no podía hacer alusiones directas a su estado sugiriéndole que ya había bebido demasiado, porque el efecto sería el contrario del deseado. Así que empezó a hablar con él de arte. Pollock se fue calmando. Dejó el cuchillo y cogió un cigarrillo y la botella de whisky. Para conseguir que acabara de “salir de sí mismo”, Smith le propuso hacer un cuadro juntos allí mismo.
Son famosos los estados de trance por los que atravesaba Pollock cuando pintaba. Arrojaba sobre el lienzo, apoyado en el suelo, el contenido de los tubos de pintura, y con un palo, una espátula u otro instrumento, generaba de forma impetuosa trayectos sinuosos, retorcidos o quebrados para los grumos de pintura depositados. Después de que Smith hubiera extendido su primera porción de pintura naranja y Pollock la correspondiente de pintura negra, la mezclaron. “Parece vómito”, murmuró el primero.
Por la mañana, Smith y la mujer de Pollock llevaron a éste, que había quedado inconsciente, a una silla, en la que descansó. En los seis meses siguientes, el alcoholizado pintor volvió a repasar una y otra vez aquel cuadro que habían empezado los dos amigos, y que acabó titulando “Postes azules”. 
Veinte años después de aquella noche y dieciséis después de la muerte de Pollock, ese mismo cuadro se vendió por dos millones de dólares al Gobierno australiano. Lo que empezó como improvisada desviación de un impulso cuasi criminal en una noche de desenfrenada borrachera, acabó siendo el cuadro más cotizado de la historia de Estados Unidos. Ni siquiera Picasso, por entonces, había superado nunca el millón.
Murió prematuramente en un accidente de automóvil.



sábado, 7 de diciembre de 2013

Autor: Francisco de Zurbarán. Título de la Obra: Naturaleza muerta con jarras y tazas

"Naturaleza muerta con jarras y tazas", también conocida como "Bodegón con cacharros", es una de las obras más conocidas de Francisco de Zurbarán (1598-1664), que además fue uno de los precursores del bodegón español, diferenciado de los de tradición europea, más ampulosos, exóticos y exuberantes.
Su gusto por las formas sencillas y los volúmenes elementales en composiciones sobrias y muy “pictóricas”, como la que tenemos en este magnífico bodegón, le harán identificarse muy bien con los valores de la contrarreforma católica, pues consiguen representar los elementos vulgares como estas jarras y tazas en auténticas obras de arte.
En este caso representa tres recipientes de cerámica y uno de metal además de dos platos de metal en una composición yuxtapuesta en el que las cuatro piezas se alinean con claridad sobre un mismo plano, separadas e individualizadas unas de otras.
Zurbarán tenía una extraordinaria sensibilidad para apreciar y reflejar lo cotidiano de una forma sencilla, sin artificios, sirviéndose del crudo realismo que consigue en las vasijas con la técnica del claroscuro.
Las texturas de los recipientes permiten al pintor experimentar el efecto que tienen sobre ellas la iluminación y los reflejos.
El colorido del cuadro es pobre, en consonancia con la austeridad del espacio en el que se ubican.
La luz es claramente tenebrista resaltando los objetos, que parecen “recortarse” del fondo, y que armonizan sin esfuerzo con la austeridad del colorido y la composición.
Es una de las mejores obras de Zurbarán, ya que pertenece a una de sus etapas más prolíficas, anterior a su etapa de crisis tras la muerte de su esposa.
Zurbarán tenía una capacidad excepcional por apreciar y reflejar lo cotidiano de la manera más simple.
Pintor español, nacido en Fuente de Cantos (Badajoz) en 1598 y muerto en Madrid en 1664. Junto a Velázquez y Alonso Cano forma parte de la tríada de pintores más importantes del barroco sevillano del primer tercio del siglo XVII.
Los pocos datos biográficos que se conocen sobre la vida de Zurbarán no facilitan la descripción de su personalidad. La carencia de cuadros cuya temática recoja sucesos personales brillan por su ausencia. Ni siquiera existe ningún autorretrato totalmente fiable del artista. De manera que ni sus rasgos físicos conocemos con certeza.
Posiblemente esa escasez de datos puede ser síntoma de una personalidad apacible, tranquila, que se sumerge en el mundo de la pintura y la introspección, y que desea desarrollar en lugares amigables su arte. Es un hombre que viaja poco. No cruza las fronteras extranjeras y de España sólo conoce las tierras de Badajoz, Sevilla y Madrid.
De la temática general de sus obras, de sus relaciones con instituciones religiosas y, sobre todo, del misticismo y del talante de sus cuadros se puede deducir que es un hombre que le gusta mirar en su interior y reflejarlo en los lienzos. Su vida introspectiva parece más rica, amplia, intensa y profunda que su vida exterior carente de fuertes emociones e interesantes sucesos. 

Gozó de reconocimiento por parte del público y éxito comercial, pero después de 1645, la llegada a Sevilla de artistas como Murillo hizo que su estima decayera. Como consecuencia, dejó de recibir muchos encargos, lo que le obligó a realizar una producción de pinturas de mediocre calidad para ser exportadas a América. Su situación económica y profesional se deterioró y esto hizo que en 1658 se trasladara a Madrid en busca de mejores trabajos. Aunque su arte no pudo adaptarse nunca al gusto impuesto por el pleno barroco, realizó trabajos hasta el final de sus días. Murió en Madrid en 1664, en una absoluta pobreza.


viernes, 6 de diciembre de 2013

Autor: Fernando Botero. Título de la Obra: Leda y el cisne.

El mito de Leda y el cisne, mitología griega:
Mientras Leda, esposa del rey de Esparta Tindáreo, se bañaba en un estanque cercano al río Eurotas, fue seducida y poseída por un cisne de resplandeciente blancura que argüía ser perseguido por un águila. Ese cisne era Zeus, que con este engaño conquistó a Leda sin levantar sospechas. Como esa misma noche yaciera con su esposo, más tarde dio a luz dos huevos. En uno de ellos estaban Helena y Pólux (hijos de Zeus y por tanto inmortales), y en el otro Cástor y Clitemnestra (mortales, hijos del rey espartano). Cástor y Pólux, gemelos, llegarán a ser los célebres Dioscuros (Διόσκουροι)
Se han representado hasta la saciedad éste mito, la verdad es que no deja indiferente la escena.

También el famoso escultor, dibujante y pintor colombiano Fernando Botero sucumbió a los encantos del mito de Leda y el Cisne y realizó una excelente escultura con esa temática como inspiración.

El resultado, en línea con el estilo que dió a Botero su fama mundial, es una obra llena de sensualidad donde el cisne, pero sobre todo Leda, se caracterizan por unas redondeadas formas.

La escultura, de la que se hizo una edición de seis ejemplares, está realizada en bronce y tiene como medidas 29,9 x 55,9 x 24,1 cm. Suele formar parte de las exposiciones temporales de la obre de Botero. Una de ellas está en la Biblioteca Luis Angel Arango (Bogotá, Colombia), que cuenta con una excelente colección de esculturas y pinturas del autor.
De la escuela de los clásicos, Fernando Botero hereda una propuesta muy visual. Contradiciendo al sentir popular, en la obra de Fernando Botero, no hay gordos, hay seres esféricos, expandidos y eso es un problema estilístico, no temático. Si se mira con detalle, sus personajes no son blandos, son macizos. Lo que se observa también en sus esculturas, en las cuales el artista desarrolla hasta las últimas consecuencias el carácter esférico de la pintura y eso hace que no exista una diferencia sustancial entre unas y otras, que siempre se ven marcadas por la sensualidad y por lo sensorial. Y también por la ternura que producen. Y de ahí que sus esculturas provoquen ser tocadas. No es caricatura, lo que él hace es deformar. Botero es un artista académico en el tratamiento de la técnica, que es tan perfecta como la de los clásicos. Un artista que maneja el equilibrio como ninguno, capaz de ubicar grandes figuras en espacios muy limitados.

Más allá del artista universal, a Fernando Botero lo quieren y admiran por ser un excepcional ser humano, íntegro, honesto, solidario, generoso, sencillo, apasionado, de excelente sentido del humor y con un entrañable amor por su país.
Un distintivo de la personalidad de Fernando Botero como artista es su altruismo. A lo largo de su carrera ha donado centenares de obras propias y de su colección personal. Pero a esta labor como benefactor le rodea cierta crítica que ve en las donaciones de Botero una manera de explotar recursos públicos, manipular los precios del mercado e imponer su huella en la historia del arte.
En lo que a su vida personal respecta, Fernando Botero contrae matrimonio en 1956 con Gloria Zea, madre de tres de sus hijos: Fernando, Lina y Juan Carlos. En 1961 se casa con Cecilia Zambrano, pero se divorcian tras el accidente de tráfico en el que fallece su hijo Pedrito. Desde 1978 Botero comparte su vida con la artista griega Sophia Valí.




jueves, 5 de diciembre de 2013

Autor: Alberto Giacometti. Obra: El hombre que camina.

El hombre que camina I, 1960. Bronce 180,50 x 27  x 97 cm
El difícil etiquetar al artista suizo Alberto Giacometti (1901-1966), pero sí se puede denominar como uno de los fundamentales del arte de las vanguardias del siglo XX.

Era conocido el gusto de Giacometti por las prostitutas y por frecuentar burdeles continuamente. Le llamaban especialmente la atención aquellas mujeres de personalidad fuerte.

Durante la Segunda Guerra Mundial Giacometti se quedó en Suiza. Allí conoció a Annette Arm, con quien se casó en 1949. Ella fue una de sus modelos favoritas.
Durante la última época de su vida, Giacometti tuvo como amante a una joven prostituta francesa, Carolinne, a quien conoció en 1959 en el bar “Chez Adrien”, cuando ella tenía 21 años. Carolinne aparece en varios de los retratos que se exhiben en Proa.
Giacometti murió en 1966, debido a una insuficiencia cardíaca. El escultor se alimentaba mal, bebía demasiado café y fumaba enormidades. La pericarditis por la que murió fue derivación de una bronquitis crónica.

El 3 de febrero del año 2010, El hombre que camina ('L'Homme qui marche') fue subastada en Londres por 65 millones de libras (74,2 millones de euros, 104,3 millones de dólares), superando así el récord mundial de una obra de arte vendida en una subasta ese momento, según la casa que se ocupó de la puja: Sotheby's. 

La escultura se compone de una sola pieza de bronce de 1.90m de altura. La obra representa a un hombre caminando; deformado, estirado y extremadamente fino y delgado.
Las esculturas de Giacometti adoptan la misma estética de Hombre caminando, con formas irregulares y cuerpos finos. Con esto, sus obras adquieren gran expresividad y transmiten fragilidad y debilidad, como si sus personajes sintiesen una amenaza de destrucción por el medio que les envuelve.
Existen varias copias de Hombre Caminando, repartidas por varios museos y galerías del mundo. Aparece su imagen en el reverso de los billetes de 100 francos suizos.

Es efectivamente conmovedora e impresionante ésta obra. Quién sabe por qué, Sartre dijo que es la imagen de un hombre como lo vemos pasar hoy por la calle. Tal vez porque -en su economía de formas- sea ningún hombre y todos los hombres al mismo tiempo. Sin rostro, sin ropa, sin señas particulares. Y sin embargo tan próximo, tan cualquiera de nosotros. Aunque al mismo tiempo, tan otro.


miércoles, 4 de diciembre de 2013

Autor: Miguel Ángel. Título de la Obra: La Piedad

Nos encontramos con un tema de origen gótico, la Piedad, que refleja el momento en el que la Virgen recoge en su regazo el cuerpo de su hijo muerto, tras el descendimiento de la Cruz. 
Sin embargo, su tratamiento es contrario al espíritu gótico, eliminando todo tipo de expresión del dolor de la madre para crear una imagen de suave melancolía.

La cabeza de la Virgen muestra una joven, bella y piadosa, mirando el cuerpo de su hijo muerto apoyado en los pliegues de sus vestiduras . Su expresión refleja una pena infinita y una gran ternura. Miguel Ángel dio a María una juventud muy extrema comparándola con la de su hijo muerto, pero eso fue intencional. El Artista quiso representar la espiritualidad de la Virgen como condición sobrenatural, la cual no tiene edad y solo muestra una eterna belleza.
El material utilizado es mármol de Carrara trabajado a través de la talla y un posterior pulimentado de ciertas zonas que deja resbalar la luz.
Su composición es claramente clásica, inscrita en un triángulo equilátero que le da estabilidad, con suaves movimientos (paños, cuerpo o mano de Cristo) hacia la derecha que es contrapesado por el suave contraposto de la cabeza de la Virgen y un gran paño que cierra la escultura por la izquierda. Todo ello permite un equilibrio y tranquilidad.
Las figuras responden a un canon clásico, de posiciones estáticas y muy controlada expresividad. Destaca especialmente dos rasgos:
-Por una parte el perfecto conocimiento de la anatomía de la que hace gala en el cuerpo de Cristo, fruto de numerosos estudios anatómicos, alguno incluso prohibidos (como las autopsias realizadas de forma clandestina en el Hospital de los Inocentes de Florencia). 
-Por otro lado, la figura de la Virgen (si la pusiéramos en pie) resultaría de un tamaño enorme. La razón de esto no es otra cosa que una pura corrección óptica que le permite al escultor dar un mayor apoyo al Cristo (y así estabilidad y armonía) del que siempre se había carecido en el gótico. 
Evidentemente nos encontramos con una obra clásica del Renacimiento en su momento de mayor expresión (Cinquecento). Tanto el exquisito trabajo sobre el mármol, como su interés reiterado por la búsqueda del equilibrio y belleza idealizada nos hablan de una obra temprana de Miguel Ángel.

Miguel Ángel Bounarroti tenía 23 años cuando realizó ésta escultura.
La observación de la escultura "La Piedad" deja a todos un sentimiento de admiración al Sumo Artista que supo modelar el mármol con su cincel para crear esta maravillosa obra de arte, llena de sentimiento, de expresiones alusivas, y de técnica incomparable.
Su perfecta ejecución generó mucho asombro en toda la sociedad romana de aquel tiempo y hubo quienes pusieron en tela de juicio a su autor, dudando que un escultor tan joven como Miguel Ángel hubiera podido esculpir una obra tan perfecta. Este hecho produjo un arranque de furia al Artista, que impulsivamente grabó en la escultura (en la correa que cruza el pecho de la virgen) las siguientes palabras latinas:
“Michelangelus Bonarrotus Florentinus Faciebat" (Miguel Ángel Buonarroti, florentino, lo hizo).
El 21 de mayo de 1972 la escultura fue brutalmente atacada por un perturbado que golpeó el rostro de la Virgen con un martillo, motivo por el que fue necesario restaurarla. Para evitar situaciones similares, La Piedad fue luego protegida adoptando medidas de seguridad.

Miguel Ángel pretendía interiorizar las teorías neoplatónicas del amor, haciendo grandes esfuerzos para conseguir un equilibrio emotivo que pocas veces logró. Su inclinación natural por la materia, por las formas físicas ,era por encima de cualquier cosa, un escultor de cuerpos, unida a su fascinación por todo lo joven y vigoroso, emblemas de la belleza clásica, lo llevaron a decantarse por la belleza humana y el amor más sensual hasta muy avanzada su vida. Esta conflictividad enriquecedora con la que el artista vivió su deseo carnal, también afloró en el enfrentamiento con su homosexualidad.
El artista mantuvo relaciones con diversos jóvenes y un intenso amor platónico por Tomasso Cavalieri, un muchacho de inteligencia poco común y amante de las artes, de temperamento reservado e incomparable belleza. Miguel Angel tenía 57 años cuando le conoció y Tomasso 22, mantuvieron una intensa amistad hasta la muerte del artista.


martes, 3 de diciembre de 2013

Autor: Velázquez. Título de la Obra: El Cristo Crucificado.

Diego Velázquez excelente pintor sevillano de carácter discreto, reservado y sereno tal que, si bien mucho se puede decir y se ha dicho sobre su obra, poco se sabe y probablemente nunca se sabrá más sobre su psicología. Joven disciplinado y concienzudo, fue discípulo del maestro pintor Herrera el Viejo, con quien al parecer pasó una breve temporada, antes de adscribirse, a los doce años, al taller de ese modesto pintor y excelente persona que fuera Francisco Pacheco. De él provienen las primeras noticias, al tiempo que los primeros encomios, del que sería el mayor pintor barroco español y, sin duda, uno de los más grandes artistas del mundo en cualquier edad.


Velázquez pintó un Cristo apolíneo, de dramatismo contenido, sin cargar el acento en la sangre, aunque originalmente había más sangre que la que actualmente se observa.
Cristo aparece sujeto por cuatro clavos, a una cruz de travesaños alisados, con los nudos de la madera señalados, título en hebreo, griego y latín, y un supedáneo sobre el que asientan firmemente los pies.
Sobre un fondo gris verdoso en el que se proyecta la sombra del crucificado iluminado desde la izquierda, el cuerpo se modela con abundante materia, extendida con soltura, en algunas partes el pintor "arañó" con la punta del pincel la pasta aún húmeda, logrando una textura especial, por ejemplo en torno a la cabellera caída sobre los hombros.

Buscando la mayor naturalidad, en el proceso de ejecución de la obra rectificó la posición de las piernas, que inicialmente discurrían paralelas, con las pantorrillas casi unidas, y retrasando el pie izquierdo dotó a la figura de mayor movimiento, elevando la cadera en un contraposto clásico que hace caer el peso del cuerpo sobre la pierna derecha.
El paño de pureza (también llamado perizoma), de pequeño tamaño y sin derroche de vuelos a fin de acentuar el desnudo, es la parte más empastada del cuadro, con efectos de luz obtenidos mediante toques de blanco aplicados sobre la superficie ya terminada. 
La cabeza tiene un estrecho halo de luz que parece emanar de la propia figura. Más de la mitad de la cara está cubierta por el cabello largo que cae lacio y en vertical.

Este famosísimo cuadro también tiene una leyenda:

Trasladémonos en el tiempo al convento de San Plácido, en la calle San Roque. Aquí profesaba sor Margarita de la Cruz, una monja joven y de gran belleza, según se cuenta. Cuando Felipe IV tuvo noticia de ella, se enamoró nada más verla y hablar con ella a través del locutorio.

El rey quiso convertirla en su amante, por eso, planeó con el conde duque de Olivares y el conde de Villanueva secuestrarla una noche. Sin embargo, cuando los tres hombres llegaron hasta la celda de sor Margarita, se llevaron una gran sorpresa, pues encontraron un ataúd con un cirio en cada esquina y a sor Margarita en su interior con la cara muy pálida y un crucifijo entre las manos. Los tres hombres huyeron asustados de allí y el rey, para expiar su pecado, regaló al convento el cuadro de Jesús crucificado pintado por Velázquez y un reloj que cada hora tocaba las campanas a muerto. Y siguió sonando hasta que sor Margarita murió.

Desde ese momento, el reloj sólo tocaba cada vez que moría una monja…

¡¡Difrutádlo!!



domingo, 1 de diciembre de 2013

Autor: Rubens. Título de la Obra: Las tres Gracias

Peter Paul Rubens (Alemania 1577-Bélgica 1640) fue un pintor barroco perteneciente a la escuela flamenca, influenciado por Leonarda da Vinci, Tiziano y Miguel Angel.

Las Tres Gracias, Rubens pintó ésta obra al final de su vida y, como Leonardo con la Gioconda, no se separó de ella hasta su muerte. Esta obra, vitalista y sensual, es uno de los cuadros cumbres del Barroco y puede contemplarse en la sala 9 del Museo del Prado.

El rostro de la figura de la izquierda pertenece a Elena Fourment, segunda esposa del autor, le llamaban "la mujer más bella de Amberes". Rubens se casó con ella tras la muerte de su primera mujer, Isabella Brant, cuando Fourment apenas contaba con 16 años. En ella encontró el apoyo, la felicidad y la inspiración necesaria para afrontar la última etapa de su vida. El pintor se prendó de sus formas opulentas, que no se cansó de inmortalizar en sus cuadros. Los rostros y los cuerpos de las otras dos divinidades parecen responder al mismo modelo de Fourment, contemplado desde diversos ángulos: de espaldas y de frente.

Exaltación de la carne. Las Gracias son el epítome del ideal flamenco de belleza femenina, encarnado por mujeres opulentas, de formas exuberantes, con aspecto saludable y piel rosácea. Rubens centra la atención en el cuerpo femenino, pese a que las protagonistas representan a tres divinidades, el pintor les atribuye un rostro y un cuerpo comunes. Debido a esa naturalidad que aporta a las figuras, a que evita la solemnidad y la frialdad, a que desmitifica la escena y recrea una situación tan natural como un baile, el pintor flamenco consigue que la escena resulte creíble.

La cantidad de encargos que constantemente recibía de las cortes europeas obligaron a Rubens a organizar una especie de cadena de montaje para atender la demanda. Sus discípulos trabajaban siguiendo las indicaciones del maestro, que en ocasiones sólo retocaba la obra. Expertos en paisajes y en la pintura de flores, iniciaban o completaban los lienzos, y algunos de sus colaboradores, como Van Dyck y Jordaens, alcanzaron fama universal. En esta obra, las guirnaldas que cuelgan sobre la cabeza de las Gracias y los ciervos del valle parece que fueron creados por otro autor en su totalidad.

Las Gracias son tres divinidades de la mitología griega. Hijas de Zeus y la ninfa Eurinome, encarnan la alegría. Compañeras de Afrodita y Eros, Aglae, Eufrosine y Talia presidían los banquetes, las danzas y todas las celebraciones. Igual que las musas, cantaban a los dioses en el monte Olimpo. Jóvenes y sensuales, llevaban siempre el pelo revuelto a consecuencia de sus continuas danzas.

El color y las manchas que definen a las figuras predominan sobre el dibujo. La pincelada es enérgica y los colores, vivos y cálidos, especialmente en los cuerpos y los cabellos, el cielo y la guirnalda. La luz ilumina el centro de la obra y el paisaje y se oscurece en los bordes para que la atención se centre sobre las figuras, presentadas en un primer plano desmesurado. El paisaje, con los característicos desniveles de Rubens, otorga profundidad al cuadro.