La Dama Indignada

La Dama Indignada

martes, 10 de diciembre de 2013

Autor: Jackson Pollock, Título de la Obra: Postes azules.

Jackson Pollock (1912-1956), es uno de los grandes maestros del Arte del siglo XX, con sus cuadros hechizó y levantó revuelo durante la década de los cuarenta. Pintor abstracto.

La infancia de Jackson Pollock  se vio perturbada por las continuas mudanzas de la familia en busca de trabajo, y su juventud pasó en pos de una vocación artística cada vez más frustrante. Dominado por la inseguridad, su estado de ánimo oscilaba entre la búsqueda de notoriedad, el abuso del alcohol y la desesperación.
En este trabajo se aprecia perfectamente su “violenta” técnica, la llamada “Action painting” aplicaba la pintura goteándola sobre el lienzo con movimientos rápidos y dramáticos. Echaba pintura y la esparcía con palos o espátulas sobre un lienzo sin tensar, clavado a la pared o al suelo, lo que le permitía moverse alrededor con rapidez y ritmo, como en danza. Con sus espectaculares cuadros puso el expresionismo abstracto a la altura de las vanguardias europeas.
Las obras de Pollock no están hechas al azar, una vez expresó: “Quiero expresar mis sentimientos, no ilustrarlos…. Y soy capaz de controlar el flujo de pintura, no hay accidentes, lo mismo que no hay ni principio ni fin”.
La Action Painting americana no representa ni expresa ninguna realidad, ni subjetiva ni objetiva, sino que descarga una tensión que se ha acumulado en el artista. Dicho brevemente, el arte americano es la expresión del malestar en una sociedad del bienestar. No hay una clave de lectura ni un único mensaje a descifrar en la pintura de Pollock; nada de la experiencia de la pintura se puede transferir y utilizar en el orden social. Con Pollock nació, en el arte americano, lo que se denominó la "beat generation", la generación quemada (Jack Kerouac, Allen Ginsberg, William Burroughs, Hubert Selby, Lawrence Ferlinghetti, Gregory Corso).
Una desconcertante anécdota está detrás de éste cuadro: “Postes azules”:
Una noche de primavera de 1952, su amigo Tony Smith, que vivía a cientos de kilómetros de Nueva York, donde Pollock residía, recibió una llamada telefónica de éste que en seguida adquirió tintes truculentos:
–Me voy a suicidar –anunció el pintor a su amigo.
–Aguanta, voy para allá –le contestó éste, que acto seguido, y en plena noche, empezó a recorrer en coche la distancia hasta Nueva York. Después de cinco horas, y tras entrar en la casa de Pollock, observó que éste estaba borracho, algo habitual, colérico, nada extraño, pero blandiendo un gran cuchillo y con una persistencia especial en su anormal comportamiento. El cuchillo lo agitaba alternativamente contra su mujer, Lee Krasner, acurrucada detrás de la cama y muerta de miedo, y contra sí mismo, y maldecía al mundo a gritos. Llevaba siete horas en esa actitud.
Smith, poco a poco, se fue acercando a él. Sabía que no podía hacer alusiones directas a su estado sugiriéndole que ya había bebido demasiado, porque el efecto sería el contrario del deseado. Así que empezó a hablar con él de arte. Pollock se fue calmando. Dejó el cuchillo y cogió un cigarrillo y la botella de whisky. Para conseguir que acabara de “salir de sí mismo”, Smith le propuso hacer un cuadro juntos allí mismo.
Son famosos los estados de trance por los que atravesaba Pollock cuando pintaba. Arrojaba sobre el lienzo, apoyado en el suelo, el contenido de los tubos de pintura, y con un palo, una espátula u otro instrumento, generaba de forma impetuosa trayectos sinuosos, retorcidos o quebrados para los grumos de pintura depositados. Después de que Smith hubiera extendido su primera porción de pintura naranja y Pollock la correspondiente de pintura negra, la mezclaron. “Parece vómito”, murmuró el primero.
Por la mañana, Smith y la mujer de Pollock llevaron a éste, que había quedado inconsciente, a una silla, en la que descansó. En los seis meses siguientes, el alcoholizado pintor volvió a repasar una y otra vez aquel cuadro que habían empezado los dos amigos, y que acabó titulando “Postes azules”
Veinte años después de aquella noche y dieciséis después de la muerte de Pollock, ese mismo cuadro se vendió por dos millones de dólares al Gobierno australiano. Lo que empezó como improvisada desviación de un impulso cuasi criminal en una noche de desenfrenada borrachera, acabó siendo el cuadro más cotizado de la historia de Estados Unidos. Ni siquiera Picasso, por entonces, había superado nunca el millón.
Murió prematuramente en un accidente de automóvil.



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